Metáfora para el crecimiento: Saliendo del pozo

            C-3890

En un lugar parecido en el que estas, vivía una persona de nombre singular. Robin era su nombre y su edad tu la dirás. Una vida tranquila tenía, con dificultades aquí y allá. Pero al no saber enfrentarlas, se comenzaron a acumular. La alegre persona que Robin era, comenzó a cambiar. En una persona temerosa y triste, se empezó a transformar. Robin se preguntaba: ¿Hasta donde esto podrá llegar? Buscaba consejos y opiniones, pero la respuesta parecía no llegar. “Nadie me entiende” –Robin se repetía— y se comenzó a encerrar. El tiempo pasaba y Robin seguía, sin amigos ni familia, solo en su tristeza podía estar. La gente se acercaba tratando de animarle, pero sus respuestas solo las parecían alejar. Una buena noche se fue a dormir, sin energías estaba por tanto sufrir. Al despertar todo cambió. Esta historia, mis amigos, se trata de lo que soñó.

Un bosque obscuro y lúgubre, donde cuervos y murciélagos revoloteaban. Robin caminaba hacia una cumbre desolada. El viento helado chocaba contra su cuerpo. A pesar de sus ropas se sentía en un helado infierno. Siguió caminando sin saber donde estaba. Pensó: “Esto ha de ser un sueño y yo sigo en mi cama”. Se pellizcó y abofeteó una y otra vez, pero no lograba despertar ni pensar con lucidez. En su desesperación comenzó a correr, sin saber por donde iba, la oscuridad no le dejaba ver. Por no ver donde iba, en un pozo se cayó. Su descenso, en cámara lenta parecía, aunque su pensamiento en tiempo real seguía. Intentó sostenerse a ciegas sin saber lo que pasaría. No veía donde sostenerse y continuó su caída. Después de algún tiempo el fondo tocó. Tenía golpes y raspones pero ningún hueso se rompió. Se quedó llorando, gritando y pataleando por largo tiempo, esperando que alguien viniera. Su espera fue en vano, no había quien le oyera.

Robin no sabía que hacer pero luego de cierto tiempo llegó el amanecer. Una cálida y suave luz comenzó a entrar. El frío empezó a desaparecer y poco a poco logró ver. Las paredes del pozo eran de ladrillo y de vez en vez, había alguno salido. “Puedo subir por ahí” –pensó—. Pero en su primer intento resbaló. Continuó intentando un par de veces más, pero el resultado fue el mismo y se desesperó aún más. El día pasó y no logró salir, pero de tanto pensar se cambió su decir. “¡Ya me harté de sufrir!” –gritó desde el fondo del pozo—“Mañana voy a salir”. Su corazón se liberó y se enfocó en descansar, porque a la salida del sol, comenzaría a escalar. El sol salió y Robin se levantó. Comenzó a escalar y ya no resbaló. Sus pasos eran firmes, demostraban su determinación. Mientras escalaba se repetía: “Ya se cual es el fondo del pozo, no es posible caer más bajo. Si me vuelvo a caer, me desempolvo y me levanto. Cuántas veces tenga que intentar, pero saldré de este pozo condenado”. Y así sucedió, que luego de varios intentos, Robin por fin salió. El bosque cambió de forma, estaba lleno de vida y alegría. El sol iluminaba con calidez y paz. Robin comenzó a caminar sin mirar atrás.

Robin al fin despertó, y como dije, su vida cambió. Seguía teniendo aquellos problemas acumulados. Luego de recordar su sueño, simplemente expresó: “Si pude salir de ese pozo, podré salir de este”. Una vez dicho esto, fue a abrazar a sus seres amados. Comenzó a enfrentar aquellas situaciones que le tenían emproblemado, pero luego de salir del pozo se sentía como un ser alado. Robin entendió que si llegaba a volver al pozo sabría cómo salir. Dejó de sentir miedo, con tranquilidad y felicidad comenzó a vivir.

Mtro. César Guerrero. Psicoterapeuta.

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